El hombre nace
muy asilvestrado, muy salvaje y eremita, muy amigo del látigo y del cilicio. No
hay que olvidar que somos pueblo y que juntos nos avenimos a la azada, cavando
para el futuro y para los venideros. La amabilidad hay que adiestrarla, pues no
solemos ser amables, y cogemos el hacha por el mango, y nunca por el filo.
Aprendamos a no ser armas, sino herramientas; a solicitar, nunca a exigir.
Aprendamos a ser hombres como puertas abiertas, y no embarazosas rejas de
fierro. Seamos hombres de una vez, amables y serenos, y caminemos por la senda
de la rosa inmarcesible.
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