Y estoy aquí y escribo, y por eso intento justificarme a mí mismo, porque
escribir es un acto ajeno a veces a la propia voluntad, va hacia lo colectivo y
echa raíces en otros brazos, o puede echarlas; porque en mi caso la literatura
es mera tentativa y no puedo hasta el momento llamarme escritor, pues mis
libros no sobrepasan el umbral de mi alcoba. Pero escribo, siempre escribo, y
quiero imponer algunos preceptos míos.
La literatura es pública pero no venial, el formato libro se vende, pero el
escritor no debería ganar dinero con ella, es más, la literatura cuanto menos
nutricia es más importante. Hoy en día el formato e-book toma su lugar, todo es
digital y descargable gratuitamente, o puede serlo; la literatura y la cultura
en general (aunque esto ya no es tan fácil) están en internet. Yo puedo leer
allí casi todos los libros importantes en una amplia gama de idiomas. Un lector
de verdad vive actualmente la mayor de las dichas, tener la biblioteca de
Alejandría al alcance de un clic. En internet deberían estar gratuitos todos
los libros que interesan. Jamás constreñiré en internet mis libros, digo, si alguna
vez son de los que interesan, a un precio, a un abono u otra cortapisa por el
estilo. No pongo ningún impedimento para la publicidad, si no es jodiona e
insolente.
Si una editorial quiere un día publicarme un libro, y es un decir, pues
corremos caminos dispares, no renunciaré a que cuelgue gratuitamente en
internet. Y tampoco venderé derechos exclusivos, pues estimo, y perdóneseme la
enormidad de mi orgullo, que mi literatura tiene un valor universal, y que el
derecho del lector antecede a cualquiera de mis derechos de autoría.
Ego dixit.
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