La poesía no es
criticable, la poesía está por encima de la crítica del mismo modo que está por
encima del tiempo, incluso de la palabra. La buena poesía no tiene patas, es
alígera y nos guiña un ojo desde detrás de la muerte, como si mirase por detrás
de una ventana. El poeta mira a través de la ventana, y quiere libertad
absoluta, para alongarse y mirar adonde quiera. El poeta reclama libertad mucho
más que reclama eternidad; de hecho la eternidad en el fondo se la pela, lo
único que él quiere es juntar unos versos a la hechura de su alma. Y ser
bondadoso consigo mismo, al menos un día más.
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