Las reglas del
juego son así y no se puede hacer nada para modificarlas, ni un ápice. La
desesperanza, el desasosiego se ceban en nosotros, y no podemos ir contra la
ola, parar la incertidumbre. Amamos las esencias, la vida alegre, pero el juego
es el juego, y tenemos que pagar todo lo conseguido; y si no pagas nada
consigues, siendo deudor hasta de ti mismo y de tu ombligo. La muerte es
nuestra suprema deuda, y no se trata de pagarla alegres, lo natural es estar
triste ante la muerte, pero al saldar el hado de la muerte vamos a otro juego,
de reglas desconocidas pero fácilmente más favorables. Fortalezcamos nuestras
almas ante la muerte propia y ajena, no todo se pierde en un parpadeo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario