viernes, 18 de enero de 2013

La extraña despedida


Cuando nos encontramos ya era tarde avanzada, casi no había sol. Fuimos cogidos de la mano al hotel más cercano. Ella me hablaba al oído palabras que pronto olvidé. Pero era bueno mirarla, catar su alzada de ninfa; sentir su piel rebosante de vida. Llegamos al hotel y le pedí la llave al recepcionista, luego subimos.
Se fumó un cigarrillo sentada en el balcón. Yo fumaba antes, hace tiempo, y ahora las bocas que fuman me saben a cenicero. Mas yo no buscaba su boca. Sin embargo reconozco que el cigarrillo es magnífico para marcar signos de puntuación.
Pasó la noche y quemamos el tiempo buenamente. Sin demasiado alarde. Yo no la conocía, habíamos chateado sólo un par de veces, pero ella estaba sola y yo también… se presentó la ocasión
En la estación de trenes esperé con ella el Intercity a Rotterdam. Me preguntó cuándo nos volveríamos a ver. Le dije tímido que pronto… mentía.
Me quede solo en la estación, por fin la extraña había partido. Entonces tuve ganas de encender un cigarrillo, pero no por vicio, no, sino por remarcar un punto y aparte.

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