El éxito efunde
orgullo, pero no es para siempre, no es a todas horas. Porque estamos solos,
porque nadie nos entiende, nadie me entiende. Escriba lo que escriba, haga lo
que haga, estoy solo y nadie me entiende, ni me entenderá. Pues cuando la fama
llame a mi puerta seguirán sin entenderme, me apreciarán tan erróneamente como
me apreciaban antes, cuando era nadie para ellos. Y es el éxito amante
larguirucha, de ojos rijosos y expresión cansina. Amancebarse con ella es
perder la hora, la hombría y la paciencia. Que me entienda yo y dos más, y el
resto que se lo lleve el tiempo, el paso de las generaciones, el triturar
rápido del estómago de las centurias. Sólo en Dios hay albedrío.
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