Y esa humanidad
pervive incesantemente, renaciendo en sus costras, en sus dejadeces nimias.
Para mí la humanidad son olores, y no de los buenos, sino esencias acres, a
picadura de tabaco, a sobaco, a viento de culo. A mí el hombre me apesta,
muerto o vivo, de pie o acostado, sin importar el sexo o la dejadez. A mí la
humanidad me apesta, yo mismo me apesto, me hiedo insobornablemente. No hay
salida al aroma, al placer, con tal hedentina. Sólo cabe la posibilidad de
taponar las fosas nasales, la boca, y meterse en una fosa, bien atrancado,
donde no llegue ni el propio olor, ni los miasmas del otro mundo.
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