Te yergues en la
ladera del Barranco Hondo, y eres espigado y señero como un señor en su feudo.
No hay nada cambado en ti, ni joroba ni peta, eres la madera en resuello que
aspira a la saeta, a ser venablo que llega al cielo, consuelo del canario
triste. Mi abuelo Pantaleón limpiaba el camino en la ladera que lleva a ti, y
mondaba tu rama vieja, tu corcho roído. Vienes en la familia no se sabe de
cuántos siglos atrás, viejo y ponderado, altivo y seductor. Muchas familias
tienen un escudo de armas, o lo han tenido; pero cuántas familias pueden
jactarse de tener un árbol protector, un barbusano enhiesto, que niega los días
y el tiempo. Qué árbol más de la tierra! Qué canario y laurisilvo! Tú deberías
ser ilustre y ser estudiado en los colegios de medio mundo; no como las
palabras tristes de un canario exiliado que perdió su barbusano bajo el mar,
bajo la playa de un volcán.
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