domingo, 30 de septiembre de 2012

El barbusano


Te yergues en la ladera del Barranco Hondo, y eres espigado y señero como un señor en su feudo. No hay nada cambado en ti, ni joroba ni peta, eres la madera en resuello que aspira a la saeta, a ser venablo que llega al cielo, consuelo del canario triste. Mi abuelo Pantaleón limpiaba el camino en la ladera que lleva a ti, y mondaba tu rama vieja, tu corcho roído. Vienes en la familia no se sabe de cuántos siglos atrás, viejo y ponderado, altivo y seductor. Muchas familias tienen un escudo de armas, o lo han tenido; pero cuántas familias pueden jactarse de tener un árbol protector, un barbusano enhiesto, que niega los días y el tiempo. Qué árbol más de la tierra! Qué canario y laurisilvo! Tú deberías ser ilustre y ser estudiado en los colegios de medio mundo; no como las palabras tristes de un canario exiliado que perdió su barbusano bajo el mar, bajo la playa de un volcán.

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