Todas las vidas
tienen su leyenda, y cuando menor es la tormenta surge la arpía de los
corazones, que es más fea que un trueno. Todos los hombres tienen un sino, y yo
ofrezco a los dioses mis genitales en una bandeja. Como un olvido, pasto para
las ratas, como algo que no sirve o ya caducó, yo ofrezco mi hombría en las
telarañas del templo, bajo el frío impluvium, húmedo de tanto sacrificio
estéril. Así me hago a mí mismo, así reivindico mi osamenta. Porque ya estoy
muy cerca, Señor, sin seres ni emblemas asociados, estoy tan cerca que puedo
tocar tu sombra, la luz.
No hay comentarios:
Publicar un comentario