Una puerta mediocre y una sonrisa de circunstancias, un gesto amplio del
brazo señalando un pequeño bar en una sala mal iluminada.
El vapor subió a la cabeza y bajó con el primer whisky, con la primera gota
de emancipación.
Era la primera vez, la primera. Habían pasado muchos años… Los rostros de
todas las mujeres eran pálidos, hasta una negra estaba pálida. Descargué los
ojos en una pelirroja, que vino a sentarse a mi lado. Su lengua era espesa y
acristalada, como un invernadero en Helsinki.
Soltamos labios y cintura… mas no recuerdo su nombre, como recordar lo
nunca sabido; el olvido de lo ignorado es un pie puesto en la eternidad.
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