domingo, 11 de agosto de 2013

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La fe o la convicción no son tan importantes, a veces hasta son superfluas. Lo que importa es la coherencia con que trazamos nuestro camino, la homogeneidad de nuestros deseos, la forma en que elevamos el muro de nuestra ansia: con ladrillos iguales y mortero firme. Pues debemos ser coherentes siempre, desde que nacemos hasta que morimos. Se lo debemos a nuestros padres, nos lo debemos a nosotros mismos. Veo como única salvación de nuestro mundo la búsqueda a ultranza no de la verdad o de la ciencia, sino de la conciencia propia, de su coherencia. Yo he pensado mucha trama, mucho hilo literario y hasta científico, y no me bajo del burro. Digo, quizás mi verdad no sea cierta, pero hace muchísima coherencia con mi vida y mi querer.

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