Ruega a Dios y
mientras da con el mazo, sé cabeza de martillo y golpea fuerte, muy fuerte; que
crujan los ensamblajes del barco, las jambas de tus brazos. Que crujan hasta
los cimientos del Universo, pero no te olvides nunca de dar gracias a Dios,
pues tú eres poca cosa sin Dios, un cuasi nada, una pelusilla de ombligo. Así
es como vives y te vives entre dos mundos, entre dos paredes hirsutas que son
pieles de anémona. Da con el mazo, da, y ruega mientras por tu salvación. Con
puños cerrados y mazo bien asido. Pues Dios no es Dios de muertos, sino Dios de
vivos.
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