Sé poderoso en tu
alcoba, sé poderoso sólo para ti mismo; deja las armas en el armero y vente a
la palestra con un puñado de palabras, no muchas, las suficientes para mezclar
tu sangre con la sangre de tus adversarios y verter tu aliento en odres
conmiserativos. Sé el semen que se diluye en las entrañas del poder, y
equipárate al vilano en el viento, pues la fuerza tuya es la de tu semilla, no
la de tu brazo. Me cuesta tanto masticar este tiempo, este entretiempo entre
vida y muerte; me cuesta tanto masticar las piedras del camino, los roquedos de
los poderosos y los guijarros de los filósofos, me cuesta tanto que masco mi
propio aliento a sabiendas que mi semilla nacerá en otro tiempo.
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