Ay, si fuera
capaz de nombrarme, de decir quién soy ante Dios y ante los hombres. Ay, si
fuera capaz de señalar mi rostro sin vergüenza, de juntar mis articulaciones en
un papel sin enmiendas. Soy mucha duda, mucha incertidumbre, mucha más de la
que cabe en un dedal; y los nombres con que algún día me designaron son hoy
puertas cerradas, abrojos en el patio contiguo. Ni siquiera soy el que escribe,
ése ya anda muerto; ni siquiera soy el que lee, ése está subido a las
parihuelas del noble Corán; seré pues el que calla, el innumerable. “Legio
nomen mihi est, quia multi sumus.”
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