miércoles, 29 de agosto de 2012

OJOS SIN PÁRPADOS


   Capítulo 1

No diré que mi historia es tan especial que vaya a ser recordada mucho tiempo, tan sólo unos instantes,  lo que se tarda en leer la página de sucesos del periódico. Pues mi historia salió en los periódicos, y estuvo en boca de las gentes de Dordrecht, donde nací hace ya cincuenta años, pasados a caballo entre la calle y el hospital siquiátrico.
La vida es ahora muy simple,  sin los terribles períodos maníacos o depresivos que me asolaban hasta hace poco. Tengo un trabajo de protección social, en una fábrica que acoge a enfermos y a locos. Tengo un pisito también adjudicado por el ayuntamiento. Voy cada tres semanas al siquiátrico, a control. Cada día tomo eutimizantes y antisicóticos. Me siento bien, pero ya no soy feliz, pues estoy solo, pues Arabela hace veinte años que desapareció.
La mayor parte de mi vida la he pasado solo, recuerdo que de pequeño mis hermanos salían a jugar fuera y yo me quedaba en casa viendo la tele o tocando la trompeta. Amo la música, amo tocar la trompeta. Tengo el mismo instrumento desde que era pequeño, lo heredé de mi abuelo, que tocaba en una pequeña orquesta. Algunos domingos y días de fiesta señalados tocaban en la calle, y mi madre nos vestía con la ropa de ir a misa e íbamos todos juntos a ver tocar al abuelo. Pero eso duro poco, mi abuelo pasó a mejor vida cuando yo era aún pequeño.
No es tan terrible estar solo, lo terrible es estar solo después de haber estado acompañado un largo período. Vivimos juntos diez años, Arabela y yo… perdonen, aún no me he presentado, soy un poco descortés, me olvido siempre de saludar a la gente y de felicitar a los amigos por su cumpleaños, bueno… cuando tenía amigos.  Mi nombre es Remko Fortuin, ese nombre seguro que no les dirá nada, mejor así; no me importa la publicidad propia, el resto de los nombres que aparecen en este escrito, como el de mi Amada, Arabela, son pura ficción. Pero yo no soy ficción, ni las personas son ficción, sólo sus nombres lo son. Yo soy de carne y hueso, y Arabela también lo era.
No creo que sea capaz de escribir una novela, pero tengo tiempo, mucho tiempo, y aunque este escrito lo hago para mí mismo, quizás algún día caiga en manos de una persona interesada, que lo lea con el respeto que merece. Y lo dedico a la memoria de Arabela, para recordarla, para que no muera tan fácil, para que otra gente que no la vio nunca sepa lo buena que era. Recuerdo haberle escrito alguna vez un par de poemas, se los enseñé, me sonrió y me los devolvió con una  mueca irónica. Probablemente eran muy malos; lo nuestro era la música, yo con mi trompeta era una furia desatada, llevaba el jazz en la venas, y Arabela con su contrabajo, aunque era más de formación clásica, cuando se soltaba su ritmo era enloquecido y arrebatador.
En mi vida han pasado muchas cosas extraordinarias, unas me han hecho muy feliz, otras muy triste. Arabela es la mejor de todas. Pero mi vida también se ha presentado ornada por una enfermedad mental, que me ha hecho muy infeliz, y en muchas ocasiones falsamente feliz. Mi enfermedad la llaman actualmente trastorno bipolar, más conocida por su antiguo nombre, trastorno maníaco-depresivo. La gente no tiene ni puñetera idea de que trata esta enfermedad, lo que pasa con todas las enfermedades mentales, que son totalmente desconocidas por el vulgo, pero con todo decir en público que eres maníaco-depresivo te va a marcar ante muchos, que tienen en la mente el daguerrotipo de un mal film norteamericano.
Esta es la historia de cómo obró la enfermedad en mí, pues supongo que a otro que la lea y tenga un problema similar le ayudará, y es la historia también del romance entre Arabela y yo. Pero Arabela ya no está presente, murió un día, murió un día entre mis manos…

Capítulo 2

De mi infancia no digo nada, pues nada merece decirse. En la Unversidad estudié Informática, y recuerdo que fue un buen tiempo, de hecho allí conocí a Arabela y allí nos enamoramos. Yo hasta entonces era muy tímido con las mujeres, iba en el autobús y veía las chicas, se me salían los ojos de lo guapas que eran, pero nunca me atrevía a decir nada, no tenía el valor ni las ganas. Con Arabela fue todo diferente, le gustaba la música, le gustaban las películas italianas, empezamos coincidiendo y continuamos cohabitando.
Mi primer período maníaco lo tuve con 23 años,  Arabela y yo teníamos un pisito cerca del centro de Dordrecht. La verdad es que no fue un período excesivamente remarcable, lo único es que no dormía y no paraba de tocar nunca la trompeta, con el machete la mano, diría, pues era dando caña a diestro y siniestro como me sentía feliz. Era plata viva, un tejemaneje de abruptos emocionales, de profundas garrapatas de luz, que sólo la tierna Arabela me sacaba de las orejas de cuando en cuando.
Fui a la facultad, allí en Rotterdam, en la tan distante y tan cercana a la vez Rotterdam. Cursaba el último año de carrera, y me iba bien, aunque soportaba el stress a duras penas. Aquella mañana estallé. Me senté en la primera fila en clase de física moderna y estallé.
-Puede definir matemáticamente en la pizarra la paradoja de los dos gemelos de Einstein? Tiene toda la pizarra para usted solo –preguntó el profesor.
A mí me pareció que había mala hostia en la pregunta, que no venía a cuento, y sobre todo que la matemática no era mi fuerte.
-La del gemelo que se queda en tierra mientras el otro se va en una nave espacial –pregunté inocentemente.
-La misma –replicó empezando a irritarse.
Me salía la espuma por la boca, y casi me lo trago, dije algo así como: “Paradojas las que quiera, pero una a una, y con la cuchilla de Occam bien afilada. Si no no comulgo, no.”
Estaba tan fuera de mí que fue necesaria media docena de alumnos para aplacarme. Me hallaba boca abajo, diciendo que sé qué cosas, probables maldiciones en esperanto; y llamaron a la policía, que tras comprobar que no estaba drogado me enviaron al hospital siquiátrico, donde di con mi arrebato en un jergón, y unas paredes servían de Cupido a mis desamores.
Era la primera vez que un destemple me llevaba a perder los cabales. A despotricar contra el mundo y el tiempo como un poseso de las endorfinas. No dormí en cinco noches. Más a la sexta dormí 18 horas, la cuerda de mi arco se destensó hasta pisarme el pellejo con mis propios talones.
Capítulo 3
Encerrado estaba cuando Arabela me visitó, mucho mejor estaba, ya no daba tanto miedo. Dimos un paseo por el parquecillo fuera del siquiátrico.  La miré y recordé la primera vez que la vi en el bus, entonces era una bella extraña, pelo claro, entre castaño y rubio, ojos azules, se los vi más tarde, aquel día llevaba gafas de sol. Me gustó desde que la vi, pero mentiría si dijese que fue pasión lo primero que sentí por ella, tardé tres o cuatro viajes en el mismo bus en prendarme de ella. Es difícil decir por qué nos gusta una mujer y no otra, no creo que nadie tenga la solución; lo cierto es que a mí desde entonces las demás mujeres me importaban bien poco. Cómo nos presentamos? De una manera fácil y espontánea, la seguí dentro de la facultad y la vi hablando con un conocido, me metí en la conversación y entre una cosa y otra conseguí sonsacarle un número de teléfono y un nombre.
Ahora en el siquiátrico me hablaba suave.
-Llevas un par de meses muy estresado, te lo he dicho, tienes que parar ese ritmo, las clases, los ensayos, por la noche escribiendo hasta las tantas. No llevas una vida sana.
Yo la miraba a la cara, porque lo que siempre nos queda de una mujer es el rostro, a pesar de que todos los rostros sean parecidos, o tan diferentes. Yo sé que el rostro de Arabela se forma de otros mil rostros, pero es en su perfección aparente que se sublima, como el de una diosa a la que haya consagrado todas mis esperanzas.
-Estoy mejor ahora, pero me siento sin ninguna fuerza, no tengo ganas de nada, ni de besarte tengo ganas. Es todo tan confuso, tanto alboroto aquí dentro, en mi cabeza. No puedo dejar de pensar… hasta hablar me cansa –dije.
Y replicó confortante.
-Sentémonos en aquel banco, debajo del árbol.
Nos sentamos en el banco y acosté mi cabeza sobre su regazo, mientras ella me acariciaba el cabello.
Todo, no había todo empezado con un secreto.
Capítulo 4
El padre de Arabela era un plasta, en diez años que estuve junto a ella lo vi sólo un par de veces, en el funeral de su mujer y en mi juicio. Era una suerte. Y no es que Arabela hablase mal de él, no, no hablaba en absoluto, pero se palpaba a la legua que su relación era muy tirante. Mi problema es la memoria, que recuerdo todo a la perfección, entonces se me mete una cosa y la relaciono con todo lo que veo; y soy un hacha buscando enlaces extraños, a todo le hallo un vínculo, y ya está servida la historia. Fue lo que me paso la vez aquella en que jugaba con Arabela una danza en clave skinneriana.
-Siéntate –decía ella.
Y yo respingaba.
-Cálmate.
Y yo me subía a la parra.
Y así horas y horas, ella con suma paciencia devanando la madeja de mi locura, intentando colarse en mi fuero interno para entender, para arrojar algo de cordura en mi mente. No había forma, danzaba y danzaba la danza del loco de la noche a la mañana, y eso solía durar de una a dos semanas. Para volver loco a cualquiera.
La primera vez que recuerdo estar muy “alegre” tenía diecinueve años. Se me metió en la cabeza la estúpida idea de escribir una novela que tratase sobre física. Durante meses le dediqué todo el tiempo del mundo, pero al final colapsé y convalecí en cama una semana entera. Entonces mis padres me llevaron al siquiatra, pero que voy a decir de siquiatras, si no que no son mis mejores amigos, de hecho nunca he creído en ellos. Razón por la cual me negaba siempre a tomar la medicación, ideaba cualquier tipo de treta para escabullirme. Sólo empecé a tomar las pastillas cuando tuve treinta años, a raíz de lo de Arabela, y es que estaba cagado de miedo.
Capítulo 5
-Eres mi tocinito de cielo, mi costillita almibarada –le decía a Arabela acurrucados en la cama.
-No empieces ya a dorar la manzana, basta conque estés ahí callado, quiero leer este libro.
-Ya, encuentras más interesante leer un libro que pasar el rato conmigo; ombliguito de trapo, pulpita de melocotón.
-Anda ya, déjame de una vez, si no el señor Camus se va enfadar.
-Pues que se mosquee, tres son multitud en esta cama.
-Debería darte vergüenza, no tienes nada que estudiar?
-No, los libros no valen nada cuando estoy contigo, prefiero ver cómo parpadean tus ojos.
-Eres un diablo, al final vas a conseguir que nos suspendan a los dos.
-Déjame tu piquito colibrí para libar el néctar que te chorrea.
Le di un beso húmedo.
-Déjame en paz, mastuerzo.
-Mas… que…
-Me has dejado la cara toda babada.
-No te hagas la bruja, es la baba del amor.
-El amor de cerdos –gruñó.
Fingí que me afectaba su fingida rudeza, y me arrinconé en mi lado de la cama. Pasaron cinco minutos en silencio. No la miraba, pero sentía palpitar su corazón. Me miró al fin con una sonrisa, y dijo:
-Por qué no me das un beso, ojillos de limón?
-Un beso con baba, mi tocinito de cielo?
-Sí, con tu baba de marrano enamorado, mi boca está seca.
La besé estrechándola en mis brazos, hicimos el amor un buen rato.
Capítulo 6
En mi vida sólo he tenido un par de amigos. Jan, un amigo de infancia que todavía sigo viendo. Siempre ha estado cerca, incluso en los peores momentos, con las crisis maniacas o depresivas; no obstante en estos momentos se ocultaba, no iba a verme, yo pensaba que era porque yo no le importa, pero más tarde supe la verdad, no venía a verme enfermo porque no soportaba verme así. Él me ayudo a indagar  después de la muerte de Arabela, yo no creía poder haberla matado, y ambos pensábamos que alguien lo hizo, algún desconocido o no…
Arabela era extraña con sus cosas, por sus secretos quiero decir. Una persona no puede amar a otra y tener secretos, siendo así ambos acaban hundiéndose en una ciénaga de la que nunca se alzarán. Por eso la vida con Arabela no siempre era fácil, por eso y porque la vida nunca es fácil de por sí.
Tuve otro amigo, Alí, un turco, periodista, exilado en Holanda por oscuros motivos políticos. Hicimos buenas migas, incluso empecé a estudiar el turco, pero al año o así se volvió a su país y me quedé sin amigo, sin una dirección a la que enviarle una carta.
Capítulo 7
Estoy sentado en el sofá, fumándome un pitillo y matando el tiempo. Por la ventana del frente pasa gente. La mayoría son vecinos que sacan a pasear el perro o van a hacer alguna compra. Hay silencio, a esta hora los niños están en el colegio. Pasa una vecina, Nadia, una polaca de veinte años que es muy linda. Ahora contemplo la belleza con otros ojos, no podría enamorarme igual que me enamoré de Arabela. Hay que tener el corazón aún joven para enamorarse, para dejarse engañar por unos ojos y una voz. Ahora que paso la cincuentena ya no les pido nada a las mujeres, me agrada verlas si son bonitas, charlar quizás pueda también. A veces es tan difícil, charlar quiero decir, hay que aproximarse a los demás y abrirse un poco, dejar que te vean por dentro, y eso no me gusta, nunca me ha gustado; es una de las razones por las que soy como soy, arisco y tímido. Sólo me abrí a una persona una vez, y acabé aniquilando esa persona. Pero en realidad caminamos en círculo y los únicos que nos empequeñecemos somos nosotros mismos.
Capítulo 8
Corrí atrás de mi sospechoso, lo había visto por primera vez en un bar, hacía sólo una media hora, y una extraña señal me indicó que quizás él era el culpable. Me habían dicho que él conocía a Arabela desde pequeño, y que habían sido medio novios. Le salté encima y lo asaeteé a preguntas. No parecía muy peligroso, pero yo necesitaba un culpable para justificarme a mí mismo, para excusar mi locura, que ya llega a cotas insospechadas. Se asustó y huyó, antes subestimaba mi aspecto bajo la manía, debía ser temible.
Corría desbocado detrás de él. Creía que atrapándolo recuperaría a Arabela, que se me caería la locura como una piel vieja, pues si demostraba que estaba cuerdo demostraría que no había matado a Arabela. Estaba a punto de alcanzarlo cuando me dio el alto un policía, y como no me paré me aplacó echándome al suelo. Me siento de una materia extraña, todo lo que persigo se desbarata en una pompa; pienso que no es culpa mía, sino que la sociedad me reprime, pero yo no puedo dejar de ser como soy, de ser un exaltado… aunque siempre me quedan las pastillitas… con ellas se acaba todo, absolutamente todo…
Capítulo 9
Yo puedo decir sin ningún atisbo de duda que he conocido la belleza; loco, desencajado, pero poseyendo la belleza. Y no sólo me refiero a la belleza de Arabela, me refiero a la belleza de la música o de la palabra, a la pura idea, bella como ninguna otra cosa, más bella que la mujer, más atractiva que la amada. Por la palabra estoy vivo ahora, en ella me sobrevivo. Aunque el recuerdo de Arabela…
Siempre estamos en lucha con el recuerdo, somos lo que recordamos y lo que olvidamos.  Creo que al morir, y yo por supuesto creo en la otra vida, más incluso que en ésta, recordaremos en un instante todo lo vivido, toda la memoria será asequible y plena en un solo segundo. Y entonces nos ahogaremos en la marea de la memoria… eso es ser eternos.
Capítulo 10
Veía todo en un resplandor, las cosas giraban a mi alrededor, sin ejes ni referencias. Era esclavo de mi locura, una noche de tantas en que desbarraba, la noche del día de mi cumpleaños. Lo recuerdo perfectamente, estaba sólo en el siquiátrico, Arabela se había quedado en casa. Intentaba en mi desvarío enfocar algo bello, algo salvador, como la imagen de mi amada, pero todo se diluía en una nube de luz que no podía erradicar de mis ojos. Ni aun cerrando los párpados podía borrar la luz, me sobraban, estaba condenado a vivir sin párpados, a ser como un pez en un día eterno. Ojos sin párpados, el escualo que soñó una vez el conde de Lautreamont, el tiburón enajenado.
Capítulo 11
Amanecí en un charco de sangre, no era mi sangre, lo supe al instante, sin preguntar a nadie, sin virarme. Estaba solo, su cuerpo yacía al lado inerte, pero estaba solo, más solo de lo que jamás hubiera estado. No miraba, papaba el silencio y olía el husmo a sangre. En aquel momento sentí que el que había muerto allí era yo, y no ella. Luego vinieron los interrogatorios, y la acusación, pero yo estaba tranquilo, ya nada podía perder. Qué más me daba haberla matado yo o no… Yo no soy un asesino, pero y si…
Capítulo 12
Bajo a una tumba egipcia, podría ser en el interior de una pirámide, pero no lo sé. Me trago mi propio esperma, soy de una raza distinta, autogenerada, nacida en ciencia infusa. Busco a Dios en los recovecos, pero sobre todo busco los secretos místicos, los que nos hacen como somos, o son los secretos de Arabela, todo lo que siempre quise saber sobre ella y no obstante ella callaba. Su padre, lo raro de su relación… No sé nada, llego a la conclusión de que no sé nada, si acaso la ciencia infusa de ese perdido mundo egipcio. Bajo a la tumba y me acomodo, allí dormiré el resto de la eternidad; y lo peor, solo, Arabela no estará conmigo, quizás jamás lo estuvo.
Capítulo 13
No tuve en seguida sospechas, éstas fueron surgiendo más tarde poco a poco, a medida que me iba serenando. Pero surgieron para exaltarme, como siempre, pasaba siempre igual, me venían ideas peregrinas a la mente, y yo era el culpable o bien la víctima, y tenía que lidiar en el ajedrez caótico del maniaco, en el que no hay fin ni reglas, en el que el caballo puede comportarse como una reina, o basta comer un peón para hacer jaque mate. Me desvivía por hacer real la idea, que se asentaba sobre todo en los secretos, en los secretos que yo creía existir entre nosotros. Y me ahogaba Dios, cómo me ahogaba, en ese sulfuro de la autocompasión.
Capítulo 14
-Tú nunca has sido niño, verdad? –me preguntó Arabela.
-No me acuerdo, era muy pequeño.
-No, sin bromas, yo te quiero mucho pero creo que te falta algo, no sonríes como los demás hombres, no hay ingenuidad en ti; quizás haya sido eso lo que me atrajo de ti al principio.
-Y ahora qué es lo que te atrae de mí… el corte de pelo?
-Sí, con tu sentido del humor lo ocultas, pero en el fondo no te ríes, no te ríes jamás. Eres como una tumba cerrada.
-Claro, y tú has venido a echar tierra por encima.
-Al contrario, yo he venido a abrir la puerta.
Capítulo 15
El coágulo. Eso es lo que nos diferencia de las piedras. Lo que nos hace hombres, bocas anhelantes. Bostezamos veleidades mientras tejemos la mortaja, y quizás veamos la luz, pero es a ratos. Y ya acabo este cuento caótico que nunca debí escribir, pues no merece la pena escribir nada, sólo merece la pena amar, pero como yo estoy solo me amo a mí mismo escribiendo. Me amo en el coágulo y en el secreto.
 

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