Capítulo 1
No diré que mi
historia es tan especial que vaya a ser recordada mucho tiempo, tan sólo unos
instantes, lo que se tarda en leer la
página de sucesos del periódico. Pues mi historia salió en los periódicos, y
estuvo en boca de las gentes de Dordrecht, donde nací hace ya cincuenta años,
pasados a caballo entre la calle y el hospital siquiátrico.
La vida es ahora
muy simple, sin los terribles períodos
maníacos o depresivos que me asolaban hasta hace poco. Tengo un trabajo de
protección social, en una fábrica que acoge a enfermos y a locos. Tengo un
pisito también adjudicado por el ayuntamiento. Voy cada tres semanas al
siquiátrico, a control. Cada día tomo eutimizantes y antisicóticos. Me siento
bien, pero ya no soy feliz, pues estoy solo, pues Arabela hace veinte años que
desapareció.
La mayor parte de
mi vida la he pasado solo, recuerdo que de pequeño mis hermanos salían a jugar
fuera y yo me quedaba en casa viendo la tele o tocando la trompeta. Amo la
música, amo tocar la trompeta. Tengo el mismo instrumento desde que era
pequeño, lo heredé de mi abuelo, que tocaba en una pequeña orquesta. Algunos
domingos y días de fiesta señalados tocaban en la calle, y mi madre nos vestía
con la ropa de ir a misa e íbamos todos juntos a ver tocar al abuelo. Pero eso
duro poco, mi abuelo pasó a mejor vida cuando yo era aún pequeño.
No es tan terrible
estar solo, lo terrible es estar solo después de haber estado acompañado un
largo período. Vivimos juntos diez años, Arabela y yo… perdonen, aún no me he
presentado, soy un poco descortés, me olvido siempre de saludar a la gente y de
felicitar a los amigos por su cumpleaños, bueno… cuando tenía amigos. Mi nombre es Remko Fortuin, ese nombre seguro
que no les dirá nada, mejor así; no me importa la publicidad propia, el resto
de los nombres que aparecen en este escrito, como el de mi Amada, Arabela, son
pura ficción. Pero yo no soy ficción, ni las personas son ficción, sólo sus
nombres lo son. Yo soy de carne y hueso, y Arabela también lo era.
No creo que sea
capaz de escribir una novela, pero tengo tiempo, mucho tiempo, y aunque este
escrito lo hago para mí mismo, quizás algún día caiga en manos de una persona
interesada, que lo lea con el respeto que merece. Y lo dedico a la memoria de
Arabela, para recordarla, para que no muera tan fácil, para que otra gente que
no la vio nunca sepa lo buena que era. Recuerdo haberle escrito alguna vez un
par de poemas, se los enseñé, me sonrió y me los devolvió con una mueca irónica. Probablemente eran muy malos;
lo nuestro era la música, yo con mi trompeta era una furia desatada, llevaba el
jazz en la venas, y Arabela con su contrabajo, aunque era más de formación
clásica, cuando se soltaba su ritmo era enloquecido y arrebatador.
En mi vida han
pasado muchas cosas extraordinarias, unas me han hecho muy feliz, otras muy
triste. Arabela es la mejor de todas. Pero mi vida también se ha presentado
ornada por una enfermedad mental, que me ha hecho muy infeliz, y en muchas
ocasiones falsamente feliz. Mi enfermedad la llaman actualmente trastorno
bipolar, más conocida por su antiguo nombre, trastorno maníaco-depresivo. La
gente no tiene ni puñetera idea de que trata esta enfermedad, lo que pasa con
todas las enfermedades mentales, que son totalmente desconocidas por el vulgo,
pero con todo decir en público que eres maníaco-depresivo te va a marcar ante
muchos, que tienen en la mente el daguerrotipo de un mal film norteamericano.
Esta es la historia
de cómo obró la enfermedad en mí, pues supongo que a otro que la lea y tenga un
problema similar le ayudará, y es la historia también del romance entre Arabela
y yo. Pero Arabela ya no está presente, murió un día, murió un día entre mis
manos…
Capítulo 2
De mi infancia no
digo nada, pues nada merece decirse. En la Unversidad estudié Informática, y
recuerdo que fue un buen tiempo, de hecho allí conocí a Arabela y allí nos
enamoramos. Yo hasta entonces era muy tímido con las mujeres, iba en el autobús
y veía las chicas, se me salían los ojos de lo guapas que eran, pero nunca me
atrevía a decir nada, no tenía el valor ni las ganas. Con Arabela fue todo diferente,
le gustaba la música, le gustaban las películas italianas, empezamos
coincidiendo y continuamos cohabitando.
Mi primer período
maníaco lo tuve con 23 años, Arabela y
yo teníamos un pisito cerca del centro de Dordrecht. La verdad es que no fue un
período excesivamente remarcable, lo único es que no dormía y no paraba de
tocar nunca la trompeta, con el machete la mano, diría, pues era dando caña a
diestro y siniestro como me sentía feliz. Era plata viva, un tejemaneje de
abruptos emocionales, de profundas garrapatas de luz, que sólo la tierna
Arabela me sacaba de las orejas de cuando en cuando.
Fui a la facultad,
allí en Rotterdam, en la tan distante y tan cercana a la vez Rotterdam. Cursaba
el último año de carrera, y me iba bien, aunque soportaba el stress a duras
penas. Aquella mañana estallé. Me senté en la primera fila en clase de física
moderna y estallé.
-Puede definir
matemáticamente en la pizarra la paradoja de los dos gemelos de Einstein? Tiene
toda la pizarra para usted solo –preguntó el profesor.
A mí me pareció que
había mala hostia en la pregunta, que no venía a cuento, y sobre todo que la
matemática no era mi fuerte.
-La del gemelo que
se queda en tierra mientras el otro se va en una nave espacial –pregunté
inocentemente.
-La misma –replicó
empezando a irritarse.
Me salía la espuma
por la boca, y casi me lo trago, dije algo así como: “Paradojas las que quiera,
pero una a una, y con la cuchilla de Occam bien afilada. Si no no comulgo, no.”
Estaba tan fuera de
mí que fue necesaria media docena de alumnos para aplacarme. Me hallaba boca
abajo, diciendo que sé qué cosas, probables maldiciones en esperanto; y
llamaron a la policía, que tras comprobar que no estaba drogado me enviaron al
hospital siquiátrico, donde di con mi arrebato en un jergón, y unas paredes
servían de Cupido a mis desamores.
Era la primera vez
que un destemple me llevaba a perder los cabales. A despotricar contra el mundo
y el tiempo como un poseso de las endorfinas. No dormí en cinco noches. Más a
la sexta dormí 18 horas, la cuerda de mi arco se destensó hasta pisarme el
pellejo con mis propios talones.
Capítulo 3
Encerrado estaba
cuando Arabela me visitó, mucho mejor estaba, ya no daba tanto miedo. Dimos un
paseo por el parquecillo fuera del siquiátrico.
La miré y recordé la primera vez que la vi en el bus, entonces era una
bella extraña, pelo claro, entre castaño y rubio, ojos azules, se los vi más
tarde, aquel día llevaba gafas de sol. Me gustó desde que la vi, pero mentiría
si dijese que fue pasión lo primero que sentí por ella, tardé tres o cuatro
viajes en el mismo bus en prendarme de ella. Es difícil decir por qué nos gusta
una mujer y no otra, no creo que nadie tenga la solución; lo cierto es que a mí
desde entonces las demás mujeres me importaban bien poco. Cómo nos presentamos?
De una manera fácil y espontánea, la seguí dentro de la facultad y la vi
hablando con un conocido, me metí en la conversación y entre una cosa y otra
conseguí sonsacarle un número de teléfono y un nombre.
Ahora en el
siquiátrico me hablaba suave.
-Llevas un par de
meses muy estresado, te lo he dicho, tienes que parar ese ritmo, las clases,
los ensayos, por la noche escribiendo hasta las tantas. No llevas una vida
sana.
Yo la miraba a la
cara, porque lo que siempre nos queda de una mujer es el rostro, a pesar de que
todos los rostros sean parecidos, o tan diferentes. Yo sé que el rostro de
Arabela se forma de otros mil rostros, pero es en su perfección aparente que se
sublima, como el de una diosa a la que haya consagrado todas mis esperanzas.
-Estoy mejor ahora,
pero me siento sin ninguna fuerza, no tengo ganas de nada, ni de besarte tengo
ganas. Es todo tan confuso, tanto alboroto aquí dentro, en mi cabeza. No puedo
dejar de pensar… hasta hablar me cansa –dije.
Y replicó
confortante.
-Sentémonos en
aquel banco, debajo del árbol.
Nos sentamos en el
banco y acosté mi cabeza sobre su regazo, mientras ella me acariciaba el
cabello.
Todo, no había todo
empezado con un secreto.
Capítulo 4
El padre de Arabela
era un plasta, en diez años que estuve junto a ella lo vi sólo un par de veces,
en el funeral de su mujer y en mi juicio. Era una suerte. Y no es que Arabela
hablase mal de él, no, no hablaba en absoluto, pero se palpaba a la legua que
su relación era muy tirante. Mi problema es la memoria, que recuerdo todo a la
perfección, entonces se me mete una cosa y la relaciono con todo lo que veo; y
soy un hacha buscando enlaces extraños, a todo le hallo un vínculo, y ya está
servida la historia. Fue lo que me paso la vez aquella en que jugaba con
Arabela una danza en clave skinneriana.
-Siéntate –decía
ella.
Y yo respingaba.
-Cálmate.
Y yo me subía a la
parra.
Y así horas y
horas, ella con suma paciencia devanando la madeja de mi locura, intentando
colarse en mi fuero interno para entender, para arrojar algo de cordura en mi
mente. No había forma, danzaba y danzaba la danza del loco de la noche a la
mañana, y eso solía durar de una a dos semanas. Para volver loco a cualquiera.
La primera vez que
recuerdo estar muy “alegre” tenía diecinueve años. Se me metió en la cabeza la
estúpida idea de escribir una novela que tratase sobre física. Durante meses le
dediqué todo el tiempo del mundo, pero al final colapsé y convalecí en cama una
semana entera. Entonces mis padres me llevaron al siquiatra, pero que voy a
decir de siquiatras, si no que no son mis mejores amigos, de hecho nunca he
creído en ellos. Razón por la cual me negaba siempre a tomar la medicación,
ideaba cualquier tipo de treta para escabullirme. Sólo empecé a tomar las
pastillas cuando tuve treinta años, a raíz de lo de Arabela, y es que estaba
cagado de miedo.
Capítulo 5
-Eres mi tocinito
de cielo, mi costillita almibarada –le decía a Arabela acurrucados en la cama.
-No empieces ya a
dorar la manzana, basta conque estés ahí callado, quiero leer este libro.
-Ya, encuentras más
interesante leer un libro que pasar el rato conmigo; ombliguito de trapo,
pulpita de melocotón.
-Anda ya, déjame de
una vez, si no el señor Camus se va enfadar.
-Pues que se
mosquee, tres son multitud en esta cama.
-Debería darte
vergüenza, no tienes nada que estudiar?
-No, los libros no
valen nada cuando estoy contigo, prefiero ver cómo parpadean tus ojos.
-Eres un diablo, al
final vas a conseguir que nos suspendan a los dos.
-Déjame tu piquito
colibrí para libar el néctar que te chorrea.
Le di un beso
húmedo.
-Déjame en paz,
mastuerzo.
-Mas… que…
-Me has dejado la
cara toda babada.
-No te hagas la
bruja, es la baba del amor.
-El amor de cerdos
–gruñó.
Fingí que me
afectaba su fingida rudeza, y me arrinconé en mi lado de la cama. Pasaron cinco
minutos en silencio. No la miraba, pero sentía palpitar su corazón. Me miró al
fin con una sonrisa, y dijo:
-Por qué no me das
un beso, ojillos de limón?
-Un beso con baba,
mi tocinito de cielo?
-Sí, con tu baba de
marrano enamorado, mi boca está seca.
La besé
estrechándola en mis brazos, hicimos el amor un buen rato.
Capítulo 6
En mi vida sólo he
tenido un par de amigos. Jan, un amigo de infancia que todavía sigo viendo.
Siempre ha estado cerca, incluso en los peores momentos, con las crisis
maniacas o depresivas; no obstante en estos momentos se ocultaba, no iba a
verme, yo pensaba que era porque yo no le importa, pero más tarde supe la
verdad, no venía a verme enfermo porque no soportaba verme así. Él me ayudo a
indagar después de la muerte de Arabela,
yo no creía poder haberla matado, y ambos pensábamos que alguien lo hizo, algún
desconocido o no…
Arabela era extraña
con sus cosas, por sus secretos quiero decir. Una persona no puede amar a otra
y tener secretos, siendo así ambos acaban hundiéndose en una ciénaga de la que
nunca se alzarán. Por eso la vida con Arabela no siempre era fácil, por eso y
porque la vida nunca es fácil de por sí.
Tuve otro amigo,
Alí, un turco, periodista, exilado en Holanda por oscuros motivos políticos. Hicimos
buenas migas, incluso empecé a estudiar el turco, pero al año o así se volvió a
su país y me quedé sin amigo, sin una dirección a la que enviarle una carta.
Capítulo 7
Estoy sentado en el
sofá, fumándome un pitillo y matando el tiempo. Por la ventana del frente pasa
gente. La mayoría son vecinos que sacan a pasear el perro o van a hacer alguna
compra. Hay silencio, a esta hora los niños están en el colegio. Pasa una
vecina, Nadia, una polaca de veinte años que es muy linda. Ahora contemplo la
belleza con otros ojos, no podría enamorarme igual que me enamoré de Arabela.
Hay que tener el corazón aún joven para enamorarse, para dejarse engañar por
unos ojos y una voz. Ahora que paso la cincuentena ya no les pido nada a las
mujeres, me agrada verlas si son bonitas, charlar quizás pueda también. A veces
es tan difícil, charlar quiero decir, hay que aproximarse a los demás y abrirse
un poco, dejar que te vean por dentro, y eso no me gusta, nunca me ha gustado;
es una de las razones por las que soy como soy, arisco y tímido. Sólo me abrí a
una persona una vez, y acabé aniquilando esa persona. Pero en realidad
caminamos en círculo y los únicos que nos empequeñecemos somos nosotros mismos.
Capítulo 8
Corrí atrás de mi
sospechoso, lo había visto por primera vez en un bar, hacía sólo una media
hora, y una extraña señal me indicó que quizás él era el culpable. Me habían
dicho que él conocía a Arabela desde pequeño, y que habían sido medio novios.
Le salté encima y lo asaeteé a preguntas. No parecía muy peligroso, pero yo
necesitaba un culpable para justificarme a mí mismo, para excusar mi locura,
que ya llega a cotas insospechadas. Se asustó y huyó, antes subestimaba mi
aspecto bajo la manía, debía ser temible.
Corría desbocado detrás
de él. Creía que atrapándolo recuperaría a Arabela, que se me caería la locura
como una piel vieja, pues si demostraba que estaba cuerdo demostraría que no
había matado a Arabela. Estaba a punto de alcanzarlo cuando me dio el alto un
policía, y como no me paré me aplacó echándome al suelo. Me siento de una
materia extraña, todo lo que persigo se desbarata en una pompa; pienso que no
es culpa mía, sino que la sociedad me reprime, pero yo no puedo dejar de ser
como soy, de ser un exaltado… aunque siempre me quedan las pastillitas… con
ellas se acaba todo, absolutamente todo…
Capítulo 9
Yo puedo decir sin
ningún atisbo de duda que he conocido la belleza; loco, desencajado, pero
poseyendo la belleza. Y no sólo me refiero a la belleza de Arabela, me refiero
a la belleza de la música o de la palabra, a la pura idea, bella como ninguna
otra cosa, más bella que la mujer, más atractiva que la amada. Por la palabra
estoy vivo ahora, en ella me sobrevivo. Aunque el recuerdo de Arabela…
Siempre estamos en
lucha con el recuerdo, somos lo que recordamos y lo que olvidamos. Creo que al morir, y yo por supuesto creo en
la otra vida, más incluso que en ésta, recordaremos en un instante todo lo
vivido, toda la memoria será asequible y plena en un solo segundo. Y entonces
nos ahogaremos en la marea de la memoria… eso es ser eternos.
Capítulo 10
Veía todo en un
resplandor, las cosas giraban a mi alrededor, sin ejes ni referencias. Era
esclavo de mi locura, una noche de tantas en que desbarraba, la noche del día
de mi cumpleaños. Lo recuerdo perfectamente, estaba sólo en el siquiátrico,
Arabela se había quedado en casa. Intentaba en mi desvarío enfocar algo bello,
algo salvador, como la imagen de mi amada, pero todo se diluía en una nube de
luz que no podía erradicar de mis ojos. Ni aun cerrando los párpados podía
borrar la luz, me sobraban, estaba condenado a vivir sin párpados, a ser como
un pez en un día eterno. Ojos sin párpados, el escualo que soñó una vez el
conde de Lautreamont, el tiburón enajenado.
Capítulo 11
Amanecí en un
charco de sangre, no era mi sangre, lo supe al instante, sin preguntar a nadie,
sin virarme. Estaba solo, su cuerpo yacía al lado inerte, pero estaba solo, más
solo de lo que jamás hubiera estado. No miraba, papaba el silencio y olía el
husmo a sangre. En aquel momento sentí que el que había muerto allí era yo, y
no ella. Luego vinieron los interrogatorios, y la acusación, pero yo estaba
tranquilo, ya nada podía perder. Qué más me daba haberla matado yo o no… Yo no
soy un asesino, pero y si…
Capítulo 12
Bajo a una tumba
egipcia, podría ser en el interior de una pirámide, pero no lo sé. Me trago mi
propio esperma, soy de una raza distinta, autogenerada, nacida en ciencia
infusa. Busco a Dios en los recovecos, pero sobre todo busco los secretos
místicos, los que nos hacen como somos, o son los secretos de Arabela, todo lo
que siempre quise saber sobre ella y no obstante ella callaba. Su padre, lo
raro de su relación… No sé nada, llego a la conclusión de que no sé nada, si
acaso la ciencia infusa de ese perdido mundo egipcio. Bajo a la tumba y me
acomodo, allí dormiré el resto de la eternidad; y lo peor, solo, Arabela no
estará conmigo, quizás jamás lo estuvo.
Capítulo 13
No tuve en seguida
sospechas, éstas fueron surgiendo más tarde poco a poco, a medida que me iba
serenando. Pero surgieron para exaltarme, como siempre, pasaba siempre igual,
me venían ideas peregrinas a la mente, y yo era el culpable o bien la víctima,
y tenía que lidiar en el ajedrez caótico del maniaco, en el que no hay fin ni
reglas, en el que el caballo puede comportarse como una reina, o basta comer un
peón para hacer jaque mate. Me desvivía por hacer real la idea, que se asentaba
sobre todo en los secretos, en los secretos que yo creía existir entre
nosotros. Y me ahogaba Dios, cómo me ahogaba, en ese sulfuro de la
autocompasión.
Capítulo 14
-Tú nunca has sido
niño, verdad? –me preguntó Arabela.
-No me acuerdo, era
muy pequeño.
-No, sin bromas, yo
te quiero mucho pero creo que te falta algo, no sonríes como los demás hombres,
no hay ingenuidad en ti; quizás haya sido eso lo que me atrajo de ti al
principio.
-Y ahora qué es lo
que te atrae de mí… el corte de pelo?
-Sí, con tu sentido
del humor lo ocultas, pero en el fondo no te ríes, no te ríes jamás. Eres como
una tumba cerrada.
-Claro, y tú has
venido a echar tierra por encima.
-Al contrario, yo
he venido a abrir la puerta.
Capítulo 15
El coágulo. Eso es
lo que nos diferencia de las piedras. Lo que nos hace hombres, bocas
anhelantes. Bostezamos veleidades mientras tejemos la mortaja, y quizás veamos
la luz, pero es a ratos. Y ya acabo este cuento caótico que nunca debí
escribir, pues no merece la pena escribir nada, sólo merece la pena amar, pero
como yo estoy solo me amo a mí mismo escribiendo. Me amo en el coágulo y en el
secreto.
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