No hay milagros
en la dicha, ni en el sino hay milagros. Los profetas no conocieron la
taumaturgia, sólo palabras y pensamientos. Voces y ademanes tenían los sabios,
gestos que los diferenciaban de sus congéneres, pues eran aptos para la paleta
de pinceles, para el ágora de las creencias. Nosotros ya no somos igual de
aptos, pero somos más viejos, mucho más viejos, pues los hemos vivido a todos y
hemos nacido en un mundo casi extinto. Nuestras manos son sarmientos de un
tronco caído, y mientras nos apuntalan gemimos.
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