Aunque no haya
puertas me siento encerrado, aherrojado en este rincón que se puede llamar
Dordrecht o Garafía, el nombre no es más que una excusa. Soy de los libres
ninguno, y la puerta que busco no la hallo, como ese amor al primer vistazo,
que extraña hasta las piedras. Y que hay más singular que una piedra, ni el
éxito la penetra ni la caries; solo el agua la muerde, y muy a deshoras.
Quisiera ser como esa piedra, y olvidar el ultraje de los vientos, la
viscosidad de la cucaña. Me soy encarcelado en una pared de pellejo, con un
reloj que late en corazón; y presiento la vigilia como una araña que se me
escurre por el pantalón. Soy de los siglos el verso, el maldito ripio que se
escapó del lupanar, y daré que hablar a los vikingos cuando el mar se vuelva
rojo y nazca una estrella en el poniente.
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