La puerta tras la
que aguardo es una puerta giratoria, bien de hotel o de banco, bien de
panadería o ultramarinos. La puerta tras la que aguardo tiene atada una soga al
manillar, es herrumbrosa y tersa como los tornillos de un charco, o los
tafetanes de un burdel. Espero asido a la soga, más blanco que negro, ansiando
más que esperando; reflexionando sobre los cabos sueltos de la soga, y no tan
solo que dé espanto. Aguardo tras las rejas preso en una soga, en una cuerda
que se enrosca a los pies y me sube por la rabadilla, hasta formar una horca en
mi gaznate. Soy el sabio que ahorcaron a la medianoche, antes incluso de haber
existido.
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