Remko caminaba por la Voorstraat en dirección al Parque Azafrán, en la
reverdecida y primaveral Nueva Ámsterdam. Andaba contento pues había concertado
una cita con una rubia, no del todo agraciada pero rubia al fin y al cabo. Al
cruzar por el parque pasó por la columnata del puente, en una columna vio una
pintada graciosa, Remko siempre se fija en esas cosas, decía así: “Lo
importante no es ser guapo, es desprender follabilidad!” Quedó un segundo
desconcertado, él no era guapo, pero tampoco debía de ser follable, pues las
oportunidades que se le presentaban eran pocas y más bien de carambola.
Llegó a la Plaza del Pintor, había quedado con la rubia en una de las
terrazas. Llegó como siempre el primero, se sentó a una mesa no demasiado bien
iluminada, y se puso a esperar. No comprendía esa manía de ir a un sitio en que
tienes que esperar para pedir algo, para que te lo traigan, y que incluso
tienes que esperar para pagar, mientras que todo en casa es instantáneo.
La rubia apareció veinte minutos después de la hora convenida, muy suelta
ella, con vaqueros y blusa anaranjada. Remko ya iba por la segunda cerveza.
Se sentó y serrucharon un poco. En seguida Remko se dio cuenta que no
tenían nada en común, pero no importaba, él no pretendía sentar cátedra, sino
otra cosa.
Remko bebía a grandes sorbos, ella libaba más que bebía un gin tonic. Pasaron
juntos buena parte de la velada, y cuando ella se despidió el aprovechó para
estamparle un beso en medio de la boca, ella se defendió, no quiso, y se fue
algo picada.
Remko se daba con un canto en los dientes. “Si es de Perogrullo”, se decía.
“Nunca se besa en los labios en la primera cita, nunca, nunca…” Recordó la
pintada en la columna. “Esa es mi naturaleza”, pensó, “igualito que el
escorpión, igualito, pico por picar no más, con una falta absoluta de
follabilidad.”
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