En estos tiempos
de tortícolis y bizqueos dan ganas de
gritar aquello de “sálvese quien pueda”, agarrar un neumático y lanzarse a las
olas agitadas de este presente nuestro. Por otra parte todo lo que tenemos está
ahora presente y saltar del barco no es sino demorar el futuro. No saltemos,
propongo yo, después de haber saltado un centenar de veces, y rebotar en la
goma de las olas, de nuevo cayendo dentro del barco; que es una boca inmensa
que arrastra todo y deglute casi nada. No gritéis pues “sálvese quien pueda”,
sálvese primero los santos varones, las santas hembras, y los santos infantes.
Sálvese quien no decide salvarse, sino que se salva nomás.
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